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Los Robin Hood de la cultura

Los Robin Hood de la cultura

Por Giuliana Gallo

La viralización de la serie Heated Rivalry a fines de 2025, antes de su estreno oficial en plataformas en Latinoamérica en febrero de 2026, vuelve a poner en primer plano una discusión tan clásica como urgente: qué pasa con los derechos de autor cuando la cultura circula más rápido que los mecanismos pensados para protegerla.

Cuando la cultura y lo masivo avanzan más rápido que la protección, el consumo no se detiene: encuentra otros caminos. Ahí es donde, desde mi punto de vista, hay que poner el foco. Este desfasaje de tiempos explica buena parte de los conflictos actuales en materia de derechos de autor y mientras la respuesta llegue tarde, el sistema pierde sentido para quienes consumen cultura. Por eso, más que sancionar después, el verdadero desafío es llegar antes. La infracción importa, por supuesto, pero el problema de fondo sigue siendo el timing.

La infracción en tiempo real

Es fascinante ver cómo los derechos de autor pasan ante los ojos de quienes estamos prestando atención. Y es todavía más increíble aun cuando lo que pasa como si nada ante nuestros ojos es una infracción, es decir, el uso de una obra protegida sin autorización de quien tiene los derechos. Quienes trabajamos en propiedad intelectual, o incluso quienes simplemente consumimos cultura, sabemos que la infracción casi siempre es más rápida que la respuesta. En materia de derechos de autor, esa asimetría se vuelve aún más evidente. La circulación no autorizada ocurre en tiempo real, impulsada por redes sociales, mensajería instantánea y plataformas digitales, mientras que los mecanismos de respuesta siguen operando con lógicas posteriores al daño. La pregunta no es solo si la solución llega tarde, sino si estamos en condiciones de medir cuán tarde llega y qué valor le damos a ese daño.

Heated Rivalry como disparador del debate

El fenómeno de Heated Rivalry, serie canadiense que comenzó a viralizarse masivamente en redes sociales hacia noviembre de 2025, antes incluso de estar disponible de manera oficial en Latinoamérica, reactualiza una discusión clásica sobre piratería, circulación no autorizada y comunidades organizadas, pero lo hace en un contexto radicalmente distinto y, al mismo tiempo, muy propio de nuestros días.

Las reglas jurídicas son conocidas. En términos de calificación jurídica, la conducta es la misma, la reproducción sin consentimiento constituye una infracción. Desde el punto de vista legal, la norma no distingue el soporte ni el alcance. Sin embargo, en términos de impacto, el escenario cambia por completo. No es lo mismo la fotocopia de un libro en una librería que la viralización inmediata y gratuita de un libro digital o de una serie completa, distribuida de forma global en cuestión de horas. La discusión que también nos debemos es si seguimos midiendo únicamente la infracción en abstracto o si empezamos a medir su impacto real. Porque si todo es lo mismo, entonces la discusión podría terminar en este párrafo.

Pérdida económica y ganancia cultural

Desde una mirada económica, el debate suele centrarse en cuánto se pierde. Ingresos, licencias, exclusividad, ventanas de explotación. Pero desde una perspectiva cultural, que en derechos de autor es inseparable, la pregunta es cuándo se gana y para quién. Existen posiciones históricas, incluso legitimadas por artistas, que relativizan el perjuicio de la copia no autorizada cuando esta amplía audiencias.

A comienzos de los años 2000, un músico argentino muy popular, Ale Sergi, uno de los líderes de la conocida banda Miranda, explicaba en entrevistas que no le molestaba firmar discos pirateados que le llevaban sus fans. Su postura era clara: como artista priorizaba que su música circulara y llegara a más personas, y entendía que la discusión económica debía ser resuelta por la industria discográfica, con quien la banda tenía un contrato. La circulación como valor cultural y la monetización como un problema de estructura. Ese razonamiento, trasladado al ecosistema audiovisual actual, abre interrogantes mucho más complejos.

¿Quién protege hoy los derechos de autor?

¿Quién es hoy el verdadero custodio de los derechos de autor cuando un contenido se viraliza? ¿El autor, la productora, la plataforma de streaming, los sponsors, los Estados cuando financian una producción? ¿En qué momento la responsabilidad deja de ser individual y pasa a ser sistémica? La respuesta tradicional, según la cual el titular debe proteger su derecho, resulta claramente insuficiente frente a fenómenos de circulación masiva, fragmentada y multiplataforma, donde el contenido se replica, se adapta y reaparece constantemente.

Invertir en mecanismos de control no es solo proteger ganancias, es proteger incentivos culturales. La posibilidad de crear sabiendo que existe algún grado de control y previsibilidad. Nadie crea con libertad absoluta si sabe que su obra será inmediatamente incontrolable. Pero, al mismo tiempo, una protección excesivamente restrictiva puede sofocar la circulación legítima. Ese equilibrio no es teórico, es operativo y se juega en tiempo real.

Modelos híbridos de protección

Plataformas como Wattpad durante años ofrecieron y aún ofrecen un modelo interesante. Permitían una circulación inicial amplia y activaban mecanismos de protección cuando las obras demostraban tener un impacto relevante. Dejaban crecer las historias hasta identificar casos verdaderamente importantes y, a partir de ahí, las retenían y las cuidaban, casi como cazadores de talentos. Primero comunidad, después protección. No se trataba solo de monetización, sino de acompañar y proteger la carrera autoral. Esa lógica híbrida parece mucho más cercana a las dinámicas actuales que un sistema puramente reactivo.

Viralización sin frenos

Heated Rivalry expuso con crudeza la incapacidad de respuesta del sistema. Una serie de bajo presupuesto, basada en libros no masivos, al menos en Latinoamérica, se convirtió en un fenómeno transnacional impulsado por TikTok e Instagram, especialmente entre las “girls”, como ellas mismas se llaman, consumidoras de fanfics. En menos de una hora desde el estreno de cada capítulo, cada viernes, comenzaban a circular versiones en múltiples calidades, de las distintas distribuidoras, HBO y Crave, con subtítulos en varios idiomas. Actualmente, gran parte del consumo se da a través de canales no autorizados, principalmente en aplicaciones de mensajería, donde los contenidos se comparten y reaparecen con enorme rapidez. No existió ventana territorial, ni ventana temporal, ni control efectivo.

El rol de la inteligencia artificial

En este escenario aparece otro actor inevitable, la inteligencia artificial. Subtítulos automáticos, canales que mutan para evitar ser dados de baja, una distribución que se adapta y se regenera. Herramientas que reducen tiempos, barreras y costos. La misma tecnología que potencia la infracción podría anticiparla y limitarla. La pregunta es por qué se utiliza mayormente para infringir y no para prevenir. Y también por qué un contenido que circula masivamente desde noviembre de 2025 llega de manera oficial meses después, recién en febrero de 2026, en un contexto donde la atención dura segundos.

Afinidad, generaciones y timing

Para quienes trabajamos en propiedad intelectual, esto no debería ser un problema anecdótico. Creo que es, sobre todo, un problema de timing. Los fenómenos ya no se miden por territorio, sino por afinidad. Personas de distintos países consumen lo mismo al mismo tiempo, sin importar fronteras. Una joven de veinte años en Argentina comparte más hábitos de consumo cultural con otra en Canadá o en Rumania que con su propia hermana unos años mayor. Existen algoritmos capaces de medir casi todo, pero no parecen aplicarse con la misma eficacia para anticipar el consumo cultural. Eso es algo que tiene que cambiar si se quiere seguir protegiendo a los autores.

A esto se suma una variable generacional que no puede ignorarse. Durante años fue normal esperar meses para que un libro llegara traducido a Sudamérica. Quienes crecieron esperando la edición en español de Harry Potter saben que esa demora era parte del consumo cultural. Hoy esa espera resulta impensable. No solo por las posibilidades técnicas, sino porque también da cuenta de la poca paciencia que manejamos. Esta es una discusión que debe empezar a darse ahora, cuando los centennials ya somos adultos y ocupamos cada vez más espacios de decisión y direccionamos los consumos, sabiendo además que las generaciones que vienen tienen menos paciencia aún.

Los Robin Hood de la cultura

Cuando el acceso legal al contenido cultural no llega a tiempo, la infracción empieza a percibirse como una solución. En ese escenario, los canales ilegales ocupan un lugar simbólico peligroso, el del Robin Hood cultural, la idea de que se “democratiza” el acceso, mientras detrás existen industrias enteras que dependen de ese flujo económico y que son sostenidas por quienes pagan en beneficio de otros que ya consumieron gratis.

Asimismo, el debate no puede reducirse simplemente a la monetización. Los derechos de autor no debieran ser un obstáculo para la cultura, básicamente porque existen gracias a esta última. Pero para que sigan cumpliendo su rol defensor, necesitan repensarse en clave preventiva, tecnológica y estratégica. No se trata solo de sancionar, sino de llegar antes. Cuando la cultura y lo masivo avanzan más rápido que la protección, el deseo de acceder a una creación no se detiene a la espera de un canal autorizado. Lectores, cinéfilos y amantes de la música y del arte en general mantienen su vínculo con las obras, incluso cuando el acceso legal no está disponible. En ese punto, la discusión deja de ser únicamente jurídica y pasa a ser estructural.

No se trata de justificar la infracción ni de romantizarla, pero tampoco de ignorar cómo son los consumos culturales hoy. Si el acceso legal no acompaña los tiempos reales de circulación, el sistema pierde relevancia. Llegar antes no es una consigna, es una necesidad, pero me pregunto: ¿alguien sabe cómo es posible vencer al tiempo?

Para más información contactarse con giuliana.gallo@ojamip.com

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